
Así, esnifo cada mañana el aroma criminal de un perfume que va matando lentamente. Me fumo las horas a su lado, con caladas breves, lentas, saboreando el humo embriagador de una presencia efímera y demasiado fugaz. Me inyecto en vena el veneno de un beso robado, roces de piel que, cual heroína, me matan y me dan la vida. Sabor amargo el del éxtasis que viene tras una mirada cómplice, una sonrisa exclusiva o el calor de un abrazo inocente.
Dolor para evitar más dolor.
Me encanta. O me encantas. O las dos cosas.
El quiero y no puedo contra el puedo y no quiero, enfrentados en un duelo presidido por el querer es poder y su amiga la curiosidad, que acabó matando al gato.
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